miércoles, 3 de noviembre de 2010

Calaverita: Hugo Leicht, autor de “Las calles de Puebla”

El doctor Hugo Leicht anda de vuelta
recorre las calles de Puebla
tomando nota casa por casa
buscando recuerdos en cada plaza.

Pero no va solo en su andanza.
Pues a la Muerte le agradó la idea:
acompañar al Doctor todo un día
a recorrer la ciudad que describiera.

No entiendo la necedad de dedicar tu vida
a estudiar un lugar que tuyo no era:
Eres alemán, Hamburgo es tu tierra.
¿Qué le viste a un sitio de calles tan rectas?

Señora, le corrijo, para que quede constancia eterna:
A Alemania no la niego, ahí nací, es mi bandera
pero de México se impregnó mi esencia
en especial de esa vieja y misteriosa puebla
de alados alarifes y monjas cocineras
de orfebres cañoneros y familias insurrectas.
Donde andando por sus calles descubrí las arterías
de un corazón vuelto ciudad, hecho de historias.
Cada uno elige lo que quiere ser, porque lo goza:
¡Me siento poblano porque me da la gana!
Porque en mi lecho de muerte extrañaba
a los amigos que se volvieron mi patria.

Doctor, no se enoje, tan sólo una pregunta era.
Mi curiosidad se expresó muy brusca
pero comprenda, rara vez a la calle salgo acompañada
y entablar una plática, para mí, es forma extraña.

La entiendo, yo soy quien pido disculpas
tan amable es usted, toda una dama
cumpliendo la voluntad, la última
de un muerto vuelto un alma.

Dejemos de lado las sobradas formas
y andemos, que por una vez tendré guía.
Andemos por las ortogonales vías,
esas que dicen que hasta a los ángeles inspiran.

A los dos les salieron pies, a ella con calzas
y al hombre los siglos en botas muy gastadas.

Del Barrio de Santiago salen a una avenida
de La Paz antes, de Juárez ahora.

Este olor es del fondo de la tierra, me agrada
a los mortales les choca, pero a mí me reconforta
supongo que va por túneles y cavernas
aromatizando, es el agua sulfurosa.

Recuerdo que la gran avenida estaba vacía
pero el aroma es el mismo, apenas unas casas había
y ahora son bares restaurantes cafés y cantinas
nada de esa ciudad que a las nueve dormía.

Y caminando siguieron su ruta
el Doctor indicando que monumentos faltaban.
Luego a la gente preguntaron por una alameda
que se enteraron que el Paseo Bravo ya era.

Leicht notó que la ciudad llena de escolares estaba
y que en vez de carros tirados por mulas
en atestadas cajas metálicas con vidrios viajaban,
no te asustes, son microbuses, le dijo la parca.
Anda, subamos a uno, el miedo deja atrás
que somos inmortales y nada nos puede pasar.
Pero el susto fue mayúsculo al abordar.
Ahora la Muerte sabe porque no descansa,
en cada vuelta los choferes a la vida retan.
Ya no aguanto, Hugo, por favor, pide la bajada.

Y descendieron con las costillas expuestas,
se lamentaron de su suerte funesta.

Caminemos, así es más fácil al zócalo llegar
que las calles son sencillas y la numeración recta.
Faltan edificios, lo puedo notar
pero también veo que rescataron más.
Es un criterio extraño difícil de razonar.
¿Por qué a algunos conservan
y otros se empeñan en derrumbar?
¿Qué intentan rematando un piso más?

Y la Avenida de la Reforma se llama igual
la suma de Guadalupe, Hospicio, Miradores, Cholula y Zaragoza
comercios oficinas escuelas bancos en lugar de casas
antesala del Zócalo y los Portales, del centro de la ciudad.

De 1930 a la fecha
la ciudad ha cambiado entera,
se dice el Doctor mientras mira por un zaguán,
ahora las fuentes son ornamento y no necesidad.

Hay más esculturas en el zócalo que debo anotar,
y árboles que la botánica estudiará,
los faroles son dragones de una mitología nueva
vigilados por ángeles que a la catedral rodean.

Ahora hay música y mesas en cada portal,
algunas calles son de cemento en vez de piedra,
hay automóviles en vez de carretas
y peatones que el cambio de luces esperan.

Y dice el doctor mientras a la Muerte observa:
Sabes que amo a mi añorada angélica,
que me niego a ser turista en mi tierra,
pero se que me esperas
que nomás hoy, por unas horas
me dejarás contemplar disfrutar
volver a caminar
y reescribir las calles de Puebla.

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